jueves 26 de noviembre de 2009

Frutos de la vida con gracia

Si aprendemos a vivir y a manifestar la gracia de Dios, nuestras vidas nunca serán las mismas. No importa lo difícil de la situación matrimonial que la persona viva, si estamos dispuestos a vivir con gracia, todo puede cambiar. Nunca llegará el divorcio cuando dos cónyuges deciden abandonar su orgullo y egoísmo y tratarse con gracia y respeto mutuo.

Sin duda, cuando se llega a pensar en la posibilidad de un divorcio, existen suficientes razones como para buscar esta salida. A lo mejor está tratando de evitar la destrucción de su propia vida o la de su cónyuge. Tal vez por su mente estén pasando todas las razones que tiene para no seguir ni un día más en esa relación interpersonal. Ha comprobado que es una relación destructiva y lo único que siente es desprecio e incluso aversión hacia su cónyuge. Estando en ese estado lo único que ve acercarse es la destrucción mutua. ¿Cómo no pensarlo si se dan todos los elementos que facilitan la enemistad?

Pero cuando existen todos los motivos y se dan las condiciones ideales para actuar conforme a lo que sentimos, solo la gracia nos permite evitarlo. Cuando debemos perdonar más de lo que creemos tener capacidad, necesitamos gracia. Cuando creemos que debemos hacer lo que una persona no merece, a pesar de que nunca podrá pagarnos, necesitamos gracia.

Sin embargo, debido a que en un matrimonio se relacionan dos personas, no solo debemos reaccionar con gracia cuando la acción de la otra persona es tan mala que nos motiva a la venganza. También cada cónyuge tiene la responsabilidad de actuar con gracia. No solo esperar que respondan con gracia a nuestro mal comportamiento, sino que también debemos actuar con gracia para evitar que la persona se sienta motivada a reaccionar indebidamente.

Cuando vivimos con gracia nuestras actitudes son diferentes. Solo así podemos comenzar a disfrutar una actitud positiva en vez de las actitudes negativas. Cuando vivimos con gracia dejamos de estar sumidos en la sospecha y la intolerancia. Aprendemos a vivir con confianza. Así nuestras relaciones interpersonales son saludables. La gracia elimina el virus del egoísmo y la enfermedad mortal llamada orgullo. Le aseguro que si se decide a vivir con gracia, toda su vida será diferente, incluyendo su relación matrimonial.

La gracia es un golpe destructor al orgullo y el egocentrismo. Nos obliga a poner los ojos, el corazón y los pensamientos en otros en vez de en nosotros. La gracia destruye el negativismo, aniquila la culpabilidad, barre con el desprecio y el abuso. La gracia abre las puertas del positivismo, del arrepentimiento, de la aceptación, el cariño y el aprecio que son indispensables para tener éxito en la relación matrimonial. Decidir vivir con gracia, determinar conservar el matrimonio aprendiendo ambos a vivir con gracia es el único antídoto de la resolución de separarse.

Por supuesto que esta no es una tarea fácil. Sin embargo, es imposible dispensar gracia si no hemos recibido la gracia de Dios. Necesitamos experimentar la gracia de Dios. Necesitemos acercarnos a Él, buscarle en oración, amarle de corazón, buscar en la Biblia su instrucción. Aprender a vivir con gracia es aprender a vivir como Dios nos manda.

martes 24 de noviembre de 2009

Frutos de la vida sin gracia

El problema que enfrentamos es la tendencia que tenemos a ser solo receptores de la gracia de Dios. Sin embargo, tenemos serios problemas para dispensarla. Nos cuesta ser instrumentos de gracia. El orgullo y el egoísmo batallan dentro de nosotros y nos impiden el flujo de la gracia. Si no vivimos con gracia, no podemos darle el golpe mortal al orgullo que es el principal instigador de la tendencia a controlar a los demás.

En la vida conyugal, la ausencia de gracia lleva a la tiranía o la rebelión. La segunda consecuencia de la ausencia de gracia es la tendencia a controlar a los demás. Esto nos incita a manipular e intimidar a quienes se supone que debemos guiar, proteger y amar. Como resultado, las personas son inflexibles, impositivas, exigentes, pasan por alto los sentimientos y no satisfacen necesidades. Quieren hacer las cosas a su manera y quien se oponga sufrirá las consecuencias.

Si ambos cónyuges deciden vivir con gracia, sin importar la condición en que su relación conyugal se encuentre, arreglarla será más fácil y dejará menos consecuencias que destruirla. Si uno o ambos cónyuges miran su situación sin los lentes del arrepentimiento, del perdón y de la gracia, les parecerá que es una tarea imposible de lograr.

Sí está sufriendo en su relación conyugal y no encuentra salida, ¿está dispuesto a comenzar a vivir con gracia? Si su cónyuge le está pidiendo una nueva oportunidad, ¿está listo a recibir consejería bíblica para aprender a dar una nueva oportunidad y aceptar el arrepentimiento? Si es cristiano, pero ha tenido una actitud inmisericorde con los que viven la tragedia del divorcio, ¿está listo a ser un ministro de la gracia de Dios? ¿Está dispuesto a actuar con gracia y ayudar con amor en el proceso de quienes anhelan restauración?

Tal vez ya ha vivido gran parte del proceso de divorcio y su cónyuge lo ha abandonado. A lo mejor se encuentra en este momento sumido en la culpabilidad, la amargura o se niega a perdonar. Si ya terminó su matrimonio, ¿está listo a recibir liberación por la gracia de Dios? ¿Está preparado a aceptar la gracia de Dios y su perdón, a vivir con gracia y a perdonar?

Vida con gracia vs. vida sin gracia

Quizás considere una tarea imposible enmendar su matrimonio. Sin embargo, lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. Pero que por la gracia de Dios, un saludable proceso de consejería y su determinación de aplicar los principios de amor y respeto, muchos han logrado normalizar la relación conyugal. Si actúa con gracia, sanar su matrimonio será mucho más factible y dejará menos consecuencias que romperlo, aunque en este momento y en el estado emocional en que se encuentra le parezca una tarea imposible.

Del ejemplo divino aprendemos que cuando relacionarse con otro ser humano es imposible, la gracia lo hace posible. Dios sabe que a pesar de todo lo bueno que Él ha sido con nosotros, hemos hecho lo malo. Lo triste es que ni siquiera tenemos la capacidad ni el poder de cambiar esa actitud porque somos pecadores y porque no hay nada en nosotros que nos motive a buscar a Dios ni a amarlo.

Quizás esto mismo sea lo que le ocurre a usted. A lo mejor esa es la forma en que ve a su cónyuge. Ha comprobado la enemistad, el pecado y el maltrato. Ha sentido el rechazo y está absolutamente convencido que no hay posibilidad de cambio. ¿Sabe qué hace posible que Dios se acerque a nosotros los pecadores? Solamente su gracia. ¿Sabe qué puede hacer posible que usted permita que su cónyuge se acerque? ¿Sabe qué puede permitirle que se decida a conceder otra oportunidad? Solamente la gracia.

Sin duda, tiene razón en muchas cosas. Su cónyuge lo ha herido, se siente traicionado o maltratado. Tal vez le han pasado por alto. Incluso, haciendo el bien ha recibido a cambio daños y desprecio. Esa es precisamente la forma en que el hombre ha tratado a Jesucristo. Sin embargo, Él por su gracia está listo a perdonarnos. Esto no significa que se deleite en nuestro comportamiento. Ni que absuelva nuestra maldad. Al contrario, con amor y autoridad nos aplica su disciplina, pero lo hace con gracia. ¿Qué sería de nosotros si no viviéramos bajo la gracia de Dios?

David Hormachea, "Una puerta llamada divorcio".

viernes 20 de noviembre de 2009

Los seis estados del divorcio

Hay seis estados que se superponen y que experimenta la persona que pasa por el curso de un divorcio. Aunque no todos los divorciados experimenten los estados en el mismo orden o con el mismo grado de intensidad, la mayoría de ellos pasan por todos ellos. Es necesario conocerlos bien, así como también la tensión específica que ocasiona el divorcio, a fin de poder ministrar a la persona o pareja afectada.

1. El divorcio emocional es el primer estado visible. Comienza ya durante el matrimonio cuando uno de los esposos, o ambos, empieza a dejar de sentir emoción en su relación mutua. La atracción y confianza mutua han disminuido y cesan de reforzar sus sentimientos de amor del uno hacia el otro. Nunca llegan a separarse o divorciarse, pero permanecen emocionalmente distantes el uno del otro y fallan en el mejoramiento de su relación. En el divorcio emocional, la obsesión de no ser para el otro el «número uno» se acentúa más y más. Durante este período los sentimientos se concentran sobre las áreas negativas de la personalidad del cónyuge en lugar de hacerlo sobre las positivas.

2. El segundo estado es el divorcio legal. Uno, o los dos cónyuges, puede eventualmente ponerse en contacto con un abogado con el fin de decidir sus planes de divorcio y completar una multitud de formalidades y requisitos. No obstante, una de las razones que hacen que el divorcio sea una experiencia emocional difícil es, precisamente, el proceso legal, que, aunque provee la fácil disolución del matrimonio, no provee la descarga de emociones que genera.

Durante el período de divorcio emocional, sea antes o durante la fase legal, uno de los esposos ha de tomar la decisión de abandonar la familia. Aquí es precisamente donde el sentimiento de pérdida alcanza toda su magnitud. Incluso cuando la persona cambia de residencia por razones positivas de trabajo, suele experimentar tensión. Mucho más cuando el traslado se produce como resultado de un divorcio. Con frecuencia los padres que se divorcian vacilan en decir a sus hijos la verdad en esos momentos, los confunden diciéndoles que están probando para ver si con esto mejoran las relaciones en el matrimonio. Pero los hijos, en la mayoría de los casos, se dan cuenta enseguida de lo que está sucediendo.

3. El tercer estado, el divorcio económico, puede alterar el estilo de vida de los afectados. Una madre que nunca se había planteado el trabajar, puede encontrarse buscando un trabajo porque lo necesita. ¿Ha previsto su iglesia tales situaciones para ayudar durante este período de reajuste o búsqueda de empleo? En otros casos hay mujeres que, pese a no necesitarlo económicamente, prefieren, al encontrarse libres, buscarse un trabajo que las haga sentirse útiles. Quizás esta sea la primera vez que han tenido oportunidad de trabajar. Hay, por lo demás, un sinfín de pequeñas decisiones que tomar, tales como quién se queda con el coche, la radio, las mascotas y otras.

La cantidad asignada al cónyuge, el sostén de los hijos, la propiedad común (u otras clases de derechos de propiedad que dependen del país en que se reside) son cuestiones que han de ser discutidas con el abogado y decididas por ambos o por un tribunal.

Algunos matrimonios llegan a ponerse de acuerdo sobre la división de la propiedad y las responsabilidades financieras; pero en otros casos se crean en la pareja resentimientos, a soluciones equitativas. La necesaria reestructuración del área financiera en la vida de la persona hace más evidentes las realidades del divorcio.

4. El cuarto estado es el divorcio paterno. El mayor daño y el más duradero suele producirse durante este período. Los padres se han divorciado el uno con respecto al otro, pero no lo han hecho de cara a los hijos. Hay que hacer entender a los hijos que aunque los adultos se divorcien entre ellos, no es posible divorciar a los padres de los hijos. Pero, por desgracia, muchos hijos reciben la impresión de que también ellos se han divorciado de uno de los padres.

La amargura y la ira contenidas en cualquiera de ellos, pueden hacer que se sienta justificado al echar toda la culpa de lo sucedido sobre el contrario. Al atacar de esta forma a su excónyuge, fuerza a los hijos a tomar partido en favor del uno o del otro.

5. El quinto estado es el divorcio con la comunidad. Este se caracteriza por la soledad, que puede estar originada por un cambio en el estado social. Si el divorciado pertenecía a un club social, a una clase de Escuela Dominical, a los que asistía en pareja, etc., ahora puede que se sienta desplazado e incómodo. Es una decisión difícil en la que usted mismo debe preguntarse qué es lo mejor para el cuerpo de Cristo.

Los amigos íntimos pueden ser fuente de sostén en el momento de divorcio y esto puede ser de ayuda. Durante todo el proceso hay que alentar al afectado a que confíe en sus amistades, pero también hay que procurar que se dé cuenta de que habrá reacciones negativas que puedan presentarse por parte de los demás y que es muy posible tenga que experimentar.

6. El último de los seis estados es el divorcio psíquico. Durante este período una persona divorciada pasa a ser autónoma, separada de la influencia, presencia y, quizás incluso de los pensamientos del cónyuge anterior. Esta autonomía no es más que el distanciamiento entre uno y otro. Es uno de los estados más difíciles, pero puede ser una oportunidad para que aprenda a ser una persona total, independiente y creativa. También puede ser una ocasión para reflexionar sobre sus responsabilidades y acciones y, a la vez, una oportunidad para iniciar cambios positivos.

El divorciado debe darse cuenta de que el stress emocional e incluso el duelo son normales durante este período. El divorcio trae consigo el shock de la separación. Cuanto más tiempo haya durado el matrimonio, mayor es la profundidad del sufrimiento. El final de una relación puede acarrear oleadas de depresión, compasión por uno mismo, sentimientos de culpa, remordimiento y temor. La intensidad de estas reacciones viene determinada por el grado de importancia que ha tenido el matrimonio en la formación de la identidad de la persona divorciada. Pero es el momento apropiado en que el afectado debe aprender a depender de sí mismo, a ser autónomo, sin depender de un apoyo ni sentir la necesidad imperiosa de darlo.

“Cómo aconsejar en situaciones de crisis”, Norman H. Wright, Editorial CLIE.

martes 17 de noviembre de 2009

Perdonar es olvidar. Olvidar es...

Perdonar es la única manera de arreglar el pasado. No podemos alterar los hechos ni cambiar lo ya ocurrido, pero podemos olvidar porque el verdadero perdón ofrece esa posibilidad. Una vez que hay perdón, olvidar significa:

1) Rehusarse a sacar a relucir el incidente ante las otras partes involucradas.
2) Rehusarse a sacar a relucirlo ante cualquier otra persona.
3) Rehusarse a sacar a relucirlo ante uno mismo.
4) Rehusarse a usar el incidente en contra de la otra persona.
5) Recordar que el olvido es un acto de la voluntad humana movida por el Espíritu Santo.
6) Sustituir con otra cosa el recuerdo del pasado, pues de lo contrario no será posible olvidar. Pablo nos explica una manera de hacerlo: “Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal” (Romanos 12:20, 21). Jesús amplía el concepto: “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:44).

viernes 13 de noviembre de 2009

Cómo desarrollar amistad con nuestros hijos adolescentes (V)

5. COMPRENDA LA NECESIDAD DE UN ADOLESCENTE POR TENER LA AMISTAD DE SUS COMPAÑEROS…PERO ESTÉ A SU DISPOSICIÓN

Los adolescentes tienen una gran necesidad de sentirse conectados con un grupo de compañeros para darse cuenta de quiénes son como individuos, lo que significa que por lo general comenzarán a pasar más tiempo fuera de casa. No tomemos, como padres, esta necesidad de amigos como un ataque personal. Es una necesidad de desarrollo apropiada que los adolescentes deben satisfacer.

Un grupo de compañeros es un grupo de personas que se ven unas a otras como iguales debido a su edad, grado de estudios o estado particular. Estos juegan cuatro papeles primarios en la vida de un adolescente:

- Ayudan a un adolescente en la transición a la edad adulta, proveyéndole de apoyo social durante un período crítico de desarrollo.
- Sirven como un punto de referencia, proveyendo de estándares alternativos que el adolescente puede usar para juzgar su propio comportamiento y experiencias.
- Proveen de oportunidades para desarrollar relaciones interpersonales que se parecen a las relaciones adultas futuras.
- Se convierten en el contexto principal en el que un adolescente vuelve a definir su sentido del yo y su identidad.

Es más seguro que nuestros hijos busquen con nosotros consejo en asuntos más importantes, mientras que buscarán el consejo de sus amigos en asuntos personales, del día, tales como los eventos sociales a los que asistir, con quién tener una cita y a qué grupos unirse. Pero es más probable que busquen a los padres en cuanto a decisiones básicas de la vida y a asuntos que conciernen a su futuro, tales como problemas personales, planes para una profesión, educación y finanzas.

Al mismo tiempo, los adolescentes necesitan aprender equilibrio sobre dónde pasar su tiempo libre. No deben dedicarlo totalmente a los amigos. Aquí es donde un acuerdo puede ser útil.

Quizás no nos busquen por varios días, pero debemos estar a su disposición. Es como si tuvieran un “tanque de gasolina” incorporado, y de vez en cuando se les acaba la “gasolina emocional”. Es allí donde necesitan estar cerca de nosotros por unos cuantos minutos – cuando necesitan contacto físico, que se les escuche, que se les comprenda, y que les demos nuestro tiempo.

miércoles 11 de noviembre de 2009

Cómo desarrollar amistad con nuestros hijos adolescentes (IV)

4. ESCUCHE DE UNA MANERA COMPRENSIVA

Una de las quejas más comunes de los adolescentes es que aun cuando ellos quieren comunicarse con sus padres, se sienten frustrados cuando mamá y papá no prestan atención. Pero escuchar de una manera comprensiva es otro gran medio para desarrollar amistad con su hijo adolescente.

Le alentamos a ser un oyente activo, mirando a los ojos y dejando de lado otras actividades – como dejar de leer el periódico o apagar el televisor – para darle a su hijo adolescente total atención.

Los buenos oyentes nunca dan por sentado que saben lo que los otros están diciendo. Más bien hacen preguntas para aclarar lo que la otra persona ha dicho. Repiten, utilizando otras palabras, lo que ellos creen que la otra persona ha querido decir. Si queremos ser buenos oyentes, podríamos preguntar, por ejemplo: “¿Es esto lo que estás tratando de decirme?”. A medida que este proceso continua, estaremos transmitiendo el mensaje de que las palabras y sentimientos de nuestro hijo adolescente son extremadamente importantes.