¿Qué hacemos con nuestros recursos? ¿Cómo debemos gastar nuestro dinero? ¿Cuánto debemos ahorrar e invertir? El modo en un creyente maneja la administración de sus finanzas y posesiones habla mucho de su condición espiritual.
El dinero en sí no es bueno ni malo, es moralmente neutral. Sin embargo, el dinero es una medida exacta de la moralidad de una persona. Y dónde gasta su dinero determina dónde está su corazón y cuáles son las prioridades de su vida (Mt 6.20-21). Alguien que vea el patrón de sus gastos puede discernir con bastante certeza la dirección moral de su vida. Su uso sí revela la corrupción inherente de las personas. El dinero no es el problema esencial; es sencillamente un indicador del problema real, el cual es un corazón pecaminoso.
El dinero y las posesiones se convierten entonces en pruebas de moralidad y dan lugar a estas preguntas personales: ¿Qué va a hacer con las riquezas que tiene? ¿Pasará esta prueba crucial y constante de su vida espiritual y moral? Tristemente, muchos creyentes profesos no han podido pasar la prueba y han deshonrado a Dios.
El fracaso de la prueba: el atractivo del materialismo
Aunque no resulta pecaminoso tener dinero y posesiones, resulta definitivamente pecaminoso acaparar, adorar y codiciarlas como símbolo de prestigio y excederse edificando su vida alrededor de ellas. El materialismo constituye un problema aún más grave al que se enfrentan las iglesias contemporáneas hoy día.
Todos los creyentes necesitan darse cuenta de que no es cuestión de cuánto dinero tiene; es cuestión de dónde está su corazón y de lo que hace con lo que tiene. La clave para pasar la prueba de la riqueza se halla sencillamente en confiar en Dios, quien es infinitamente mayor que todas las riquezas del universo.
Todos los creyentes necesitan darse cuenta de que no es cuestión de cuánto dinero tiene; es cuestión de dónde está su corazón y de lo que hace con lo que tiene. La clave para pasar la prueba de la riqueza se halla sencillamente en confiar en Dios, quien es infinitamente mayor que todas las riquezas del universo.
Dios es el único propietario de todo lo que usted posee – sus ropas, su casa, su auto, sus hijos, su computadora, sus inversiones, su jardín – y todo lo demás que se pueda imaginar (1Cr 29.11-12; Sal 24.1).
El legado del mundo para nosotros es la acumulación egocéntrica de propiedades, pero es necesario que cambiemos esa perspectiva. No somos dueños de nada. Por ende, si alguna vez pierde algo, realmente no lo pierde, porque nunca fue de su propiedad. Si alguien necesita algo de lo que usted tiene, él puede estar tan facultado como usted a tenerlo, porque usted no es dueño de ello. Dios sí lo es.
2. Dios lo controla todo
Se desprende que si Dios es dueño de todo, Él también lo controla todo. El AT hace énfasis en que Dios controla soberanamente todas las circunstancias para sus propios fines (Is 46.9-10; Dn 2.20-22).
3. Dios lo provee todo
Él puede proveer para cada necesidad de Su pueblo (Fil 4.19). Uno de los nombres hebreos más hermosos de Dios es Jehová-jireh, “Dios proveerá” (Gm 22.14). La provisión de Dios para aquellos que confían en Él es tan característica de Su naturaleza que constituye uno de Sus nombres. Puede que nunca dude de la mayoría de los atributos de Dios (Su santidad, amor, bondad, poder, justicia y gloria), pero puede que en ocasiones se pregunte si proveerá o no para sus necesidades. Sin embargo, eso es exactamente de lo que Jesús advirtió a Sus seguidores en Mt 6.25-34.
El mundo se inquieta, lucha y trabaja – a menudo al punto del agotamiento – por la certeza de tener suficientes riquezas. Pero eso no es necesario porque nuestro Padre celestial conoce nuestras necesidades y promete proveer para nosotros diariamente.
Si sabe que Dios es dueño de todo en el mundo, controla todos sus activos y que puede proveer para usted como su hijo, entonces no hay necesidad alguna de que confíe en el lujo, de que sea atraído por el materialismo, ni de hacer acopios para el futuro. No es necesario que su vida diaria como cristiano gire en torno a estas preocupaciones.
No tiene que ser dueño de todo ni tener el control de todas las circunstancias para tener dinero suficiente para sus necesidades básicas. En cambio, puede echar a un lado toda preocupación y afán en cuanto a sus necesidades y recibir con alegría lo que Dios le conceda para que lo invierta en Su reino (Mt 6.31-34). Esa es la respuesta bíblica de cómo debemos ver la riqueza y cómo nosotros debemos comenzar a lidiar con cualquier preocupación orgullosa y egoísta por la avaricia y el materialismo.
"¿A quién pertenece el dinero?", John MacArthur, Editorial Portavoz.
"¿A quién pertenece el dinero?", John MacArthur, Editorial Portavoz.
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